Por Víctor Montufar
Conocí a Celia Gómez en 2005, cuando Miguelito Camacho nos mandaba a los becarios a la isla de Por Adela a recoger la orden de edición del noticiero.
Siempre estaba trabajando en la orden de edición, o fumando en el estudio, o con el teléfono resolviendo mil asuntos.
Se reía a carcajadas con Adela por los pasillos de Televisa Chapultepec.
Pasó el tiempo y Celia se fue. Nos contaron que se había reencontrado con el amor de su vida y mudado a Aguascalientes.
A finales de 2009 volví a saber de ella. Televisa lanzaría un canal de noticias y ella coordinaba todo. Hablé con Juan Manuel Ortega, mi jefe de ese entonces, y le dije: «Yo quiero entrar».
—Perfecto, Vic. Vas y hablas el lunes con Celia y te pones a sus órdenes; yo me encargo.
Temblé. Pensé que me iba a mandar por un tubo. El síndrome del impostor presente. Pero fui. Me recibió en el primer piso, al lado de Lety Bautista, su comadre. No sé si lo eran, pero así se llamaban.
—Celia, soy Víctor y quiero trabajar en FOROtv. Juanmis me dijo que viniera contigo.
—Hola, Vic, claro que te conozco. Siéntate. ¿Qué horario quieres? ¿De lunes a viernes o fin de semana? No, yo creo que de lunes a viernes de 6:00 a. m. a 2:00 p. m. porque Juanmis me dijo que vas a dobletear. Listo, nos vemos el 2 de enero a las 6:00 a. m. en el News Center para los ensayos. ¿Tienes clave de iNews?
—Sí, pero como lector, no redactor. Nunca he escrito ahí.
—No importa. Nos vemos el 2. Feliz Navidad.
Solo atiné a dar las gracias. El software era lo de menos.
FOROtv arrancó un 15 de febrero, el día de su cumpleaños. En su sala de redacción aprendí mucho. La vi gritar, emocionarse, coordinar equipos, estar pendiente de todo… trabajar. El estrés era parte de su vida. Te decía todo con la mirada. Siempre rigurosa, puntual, honesta, leal, una periodista de cepa.
En algunas ocasiones tuvimos breaking en la noche o madrugada. Ella nos decía: «Quien no tenga auto, no se preocupe. Pancho —su esposo— y yo los llevamos, si es que viven rumbo al sur». A los que no vivían al sur les pagaba el taxi. A mí me llevó dos veces a casa.
Celia fue una maestra en toda la extensión de la palabra. En ese rigor siempre había buen humor, ironía, sarcasmo. Así era ella.
Recuerdo un día que un redactor le fue a reclamar cualquier tontería bajo el argumento de la dignidad.
—¡Los jodidos no tenemos dignidad! —explotó. Todos nos quedamos con el ojo cuadrado.
Y con ese carácter, volteó y nos dijo:
—¿O no? —y reía. Esa fue una de sus frases icónicas.
Celia reconocía cuando cometía un error. La vi regañar a una reportera y al día siguiente ofrecerle una disculpa por las formas.
A mí me corrió del canal porque me equivoqué tres veces en las cabezas de un noticiero. Recuerdo que estaba en junta con el director general, me habló por teléfono y, sin dejarme decir nada, estalló:
—¿Qué chin… te está pasando? ¡Ya no vengas! ¡Ya no te quiero aquí!
Al día siguiente fui a verla y me dijo:
—¿Qué pasó, Vic? ¿Qué onda? Cuéntame, ¿qué estás haciendo?
Ella, en ese momento, hojeaba una revista de sociales donde le buscaba novio a quien ahora es una de las personas más cercanas y queridas en mi vida.
Solo atiné a decirle:
—Discúlpame, me equivoqué.
Y ella dijo:
—¿De qué me hablas, hijo?
—Lo que pasó ayer con las cabezas del noti.
—Ay, por favor, eso fue ayer, una mala tarde. Hoy es otro día. Ponte a trabajar.
«Mala tarde», otra de sus frases.
El día que se cayó el helicóptero de Blake Mora la vi saltar de su silla y nunca más se volvió a sentar. En la noche nos marcamos y me dijo:
—Estoy hecha pomada… me quiero cortar las piernas del dolor —reímos.
Cuando salí de Televisa la fui a ver. Nos encerramos en su oficina y me dijo:
—A ver, cabrón, ¿a dónde te vas?
—A vivir, jefa.
A lo que respondió:
—Haces bien, aquí nos hacemos más viejos. Ve y conoce, y cuando te aburras, regresas.
Cuando en algún trabajo tuve una diferencia, le hablé y le conté. Siempre tuvo palabras sabias para guiarme. Con su rigor característico y sinceridad.
Durante los últimos años nos escribíamos muy seguido. Estábamos al pendiente el uno del otro. En 2023, estando en Israel me mandó mensaje y me pidió una piedra, sí una piedra. La conseguí, pero me la quitaron en el Ben Gurión.
-Ya volverás y me traerás otra, pero que no se den cuenta, tampoco quiero una tonelada-.
Cuando volví , en 2025, y fue la guerra de los 12 días me mandó mensaje: «Ponte chingón y me traes una piedra».
Estos últimos meses, después de que salió del hospital, estaba pendiente de la situación en mi casa. Yo le decía:
—Jefa, ¿te vas a jubilar? Invítame a tu despedida en Televisa, quiero tomar de la mano a Icela, a Emma y a Erikita, sus grandes amigas, y echarte porras.
—Antes muerta que permitir semejante ridículo, dónde se ha visto… —y se carcajeaba.
Su último mensaje de WhatsApp fue para felicitar a mis papás por sus 42 años de casados.
Tengo mil cosas más que contar de ella. Mil momentos que siempre recordaré. A Celia, mi eterna gratitud, por confiar, por enseñar, por querer y por ser una grande de la televisión.
Descanse en paz.

